Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de abril de 2009

La Torre de Londres

anterior  siguiente
DOMINGO, 19 DE ABRIL DE 2009
GRAN BRETAÑA > LA TORRE DE LONDRES

Misterios, terror y joyas

Tenebroso lugar de ejecuciones, y al mismo tiempo vidriera de las exquisitas joyas de la corona británica, la Torre de Londres encierra misterios, leyendas y una historia por la que desfilaron grandes personajes... con cabeza y sin cabeza.

 Por Graciela Cutuli

Más antigua que el Kremlin y el Vaticano, que el Louvre en París y el Hofburg en Viena, la Torre de Londres es el testigo de todo un milenio. Desde el remoto 1070, cuando Guillermo el Conquistador comenzó a construir una enorme torre de piedra en el centro de su fortaleza en Londres, vio pasar pestes, guerras, revoluciones y ejecuciones, pero también algunas historias de amor y de coraje. En aquellos tiempos era el bastión de una fortaleza solitaria a orillas del neblinoso Támesis: el rey normando jamás habría imaginado las modernas torres iluminadas que hoy rodean su emplazamiento en el corazón de la capital británica (incluyendo el original “bullet building” de Norman Foster), ni los cientos de turistas que todos los días recorren sus más íntimos rincones con una mezcla de sorpresa, horror y admiración. La atracción no es sólo actual: ya en la guía Survey of London, en 1598, se afirmaba que “esta torre es una ciudadela para defender o domeñar la capital, un palacio real para asambleas o tratados, una prisión estatal para los criminales más peligrosos, el único sitio de toda Inglaterra donde puede acuñarse moneda en estos tiempos; la armería para provisión para la guerra, el tesoro de los ornamentos y las joyas de la corona, la conservadora general de la mayoría de los archivos de los tribunales reales de justicia en Westminster”. Sin embargo, hay que recordar que la Torre de Londres no es una sola, sino un complejo de torres y edificios que ocupan una amplia superficie a orillas del río, muy cerca del famoso Tower Bridge. Recorrerla bien merece un día entero de una estadía en Londres: cada paso lleva a un episodio diferente de la historia, animado por todo el abanico de las pasiones humanas.

DE LA TORRE BLANCA A LA TORRE DE LONDRES LA TORRE de Londres nació como un fortín de los varios erigidos por Guillermo el Conquistador para dominar por completo la ciudad más poderosa de Inglaterra y someter a sus rivales. Corría el año 1066. Poco más tarde el fortín fue reemplazado por un sólido torreón de piedra, la Torre Blanca, cuya construcción fue la pesadilla de la población de los alrededores: cada “shire” o distrito estaba obligado a aportar obreros, y las crónicas de aquel entonces relatan las dificultades de cada uno de ellos para proveer la mano de obra necesaria. Sin embargo, para 1100, cuando la obra fue concluida, hubo que reconocer que exhibía una magnificencia nunca antes vista: el edificio medía 36 por 32 metros de ancho, y sus casi treinta metros de altura dominaban con comodidad el paisaje de los alrededores. Una muralla y un terraplén rematado por una empalizada de madera completaban el conjunto, que tenía todo lo necesario para proteger a Londres de la avanzada de cualquier enemigo. Así fue hasta finales del siglo XIX. Para entonces, la Torre había tenido tiempo de vivir toda clase de acontecimientos y forjar toda clase de leyendas.

Los visitantes que hoy compran la entrada en la gran explanada tal vez no lo saben, pero ingresan por la misma ruta que seguían quienes entraban a caballo por los puentes levadizos, desde fines del siglo XIII en adelante. Claro que el aspecto medieval de la Torre, casi digno de un decorado de cine, le debe mucho a la imaginación decimonónica y su fascinación por la Edad Media: a mediados del siglo XIX, el arquitecto Anthony Salvin fue encargado de restaurar la fortaleza en un estilo medieval según lo consideraba el imaginario victoriano. Tanto él como su sucesor introdujeron varias reformas e incluso demolieron algunas construcciones originales: al fin y al cabo, no es tan sencillo pasar indemne por diez siglos de historia. Sin embargo, la Torre de Londres sigue en pie, y se dice que seguirá estándolo mientras vivan entre sus murallas los cuervos celosamente preservados por el “Ravenmaster”, o “maestro de los cuervos”. Por las dudas, están bien cuidados: aunque los muros de la Torre no se cayeron cuando los cuervos fueron trasladados, durante la Segunda Guerra Mundial, ni cuando hubo que expulsar a algunos por traviesos, como “George”, que solía comerse las antenas de televisión...

Ejecuciones, leyendas y joyas Hacia el oeste de la Torre Blanca, un terreno cubierto del célebre y siempre impecable césped inglés oculta una historia trágica: aquí fueron decapitadas diez personas, tres de ellas reinas inglesas. Las tres fueron ejecutadas en lugares diferentes, pero muy cercanos, hoy unidos en un solo memorial de cristal cuya leyenda pide: “Dulce visitante, deténgase un rato. Donde usted se encuentra la muerte cortó la luz de muchos días. Aquí a los nombres engalanados les tajaron el fértil hilo de la vida. Que en paz descansen mientras paseamos a las generaciones por sus conflictos y su coraje, bajo esos agitados cielos”. Bajo o el sol o la frecuente llovizna de Londres, siempre hay algún grupo de visitantes, rodeado de los guardias de la Torre con sus coloridos uniformes, en torno del memorial, recordando las desdichadas historias de Ana Bolena, Catherine Howard y Jane Grey, reinas breves del violento siglo de los Tudor.

Entre los misterios del lugar, se cuenta que todos los años –desde hace décadas, al menos desde los años ’60– llega a la Torre un homenaje anónimo a la segunda esposa de Enrique VIII, bajo la forma de un ramo de rosas con una simple tarjeta: “Reina Ana Bolena, 1536”. Nadie sabe quién las envía, aunque proceden de una famosa florería de Londres: la discreción inglesa prevalece, así como la voluntad de perpetuar una leyenda moderna sobre la antigua Torre. Hay otras, sin embargo: una misteriosa foto con una “mano fantasma”, tomada en 1994 por un grupo de turistas y cuidadosamente examinada por expertos que dicen no haberle encontrado explicación; el espectro de los Cuarteles de Waterloo que en los años ‘80 aterrorizó a algunos de los guardianes; la maldición del Koh-i-Noor, el espectacular diamante de 105 quilates que fue el más grande de los conocidos en su tiempo, engarzado en la corona que usaba la Reina Madre.

Este diamante es una de las grandes atracciones de los Cuarteles de Waterloo, el sector de la Torre que alberga las joyas de la corona. Las auténticas joyas –para genuina sorpresa de los visitantes, admirados ante la magnificencia y el lujo de los objetos exhibidos en vitrinas tenuemente iluminadas– son las que se usan realmente durante las coronaciones de los reyes, desde las coronas hasta los cetros, espadas, orbes y túnicas. Hasta principios del siglo XIX, las piedras preciosas eran simplemente alquiladas, engarzadas para la coronación y finalmente devueltas. Luego de la ceremonia las joyas se exponían al público, pero adornadas con piedras falsas. El incalculable aporte de riquezas de los distintos puntos del Imperio Británico modificó esta costumbre, y parte de esta riqueza es justamente la que hoy se exhibe aquí en la Torre, incluyendo los últimos objetos elaborados para la coronación, en 1953, de Isabel II. Claro que ya no es como en el siglo XVII, cuando a cambio de una pequeña propina la gente podía tocar las joyas... quien ahora intente acercarse, o simplemente sacar una foto, corre el riesgo de ser perseguido por un ejército de alarmas y guardianes.

Las joyas tienen, naturalmente, años de anécdotas acumuladas: como la infortunada corona imperial, que se le cayó al piso al duque de Argyll, durante la apertura del Parlamento en 1845. Quedó “toda aplastada y aplanada, como una tarta en la que alguien se hubiera sentado”, según la gráfica descripción de la reina Victoria. Se cuenta, también, que durante su coronación en 1937 Jorge VI estaba convencido de que el arzobispo de Canterbury no sabría distinguir entre las partes delantera y trasera de la corona de San Eduardo: para remediarlo, hizo atar un hilo de algodón rojo en la parte delantera, antes de la ceremonia. Pero una mano atenta lo quitó un poco antes de comenzar... y finalmente el rey terminó coronado al revés.

Historias de la Torre Los visitantes de la Torre no pueden sino conmoverse con una de sus historias más tristes: la desaparición y casi seguro asesinato de los dos pequeños hijos de Eduardo IV. A la muerte del rey, su hijo Eduardo V, de 12 años, y su hermano Ricardo, de 10, fueron llevados a la Torre por orden de su tío, el Duque de Gloucester. Allí los desdichados niños fueron declarados ilegítimos, y su tío fue coronado como Ricardo III. Aunque no haya pruebas, la historia lo condenó para siempre como mandante del asesinato de ambos hermanos, de cuyo destino nunca más volvió a saberse. Shakespeare también hizo lo suyo para perpetuar la figura de Ricardo III, aquel que hubiera dado su reino a cambio de un caballo... Mucho tiempo después, fueron hallados en la Torre los esqueletos de dos niños, ocultos bajo una escalera en la Torre Blanca, que probablemente hayan sido los infortunados Eduardo y Ricardo. Sin datos que corroboren su veracidad, el imaginario popular ubicó la historia de los príncipes en la llamada Torre Sangrienta. Sin embargo, el mismo lugar estuvo también la celda “de lujo” de Sir Walter Raleigh, que escribió aquí su Historia del mundo. Otros prisioneros célebres dejaron sus nombres grabados en las paredes de la Torre Beauchamp, cuando la inestabilidad política y religiosa de la Inglaterra de los siglos XVI y XVII transformó a la Torre en la principal prisión estatal del país. Aquí se lee claramente el nombre “Jane”, según la leyenda grabado por Guilford Dudley, esposo de la malograda Jane Gray, la “reina de los nueve días”.

Todavía hoy, tantos siglos después, la Torre de Londres está envuelta en un halo de misterio y leyenda. Y como celosos cuidadores de tradiciones, los ingleses se encargan de que siga estándolo, respetando algunas costumbres casi inmemoriales: entre otras muchas, el pago del “Derecho del Condestable”, uno de los varios impuestos que antiguamente cobraba el gobernador de la Torre al tráfico que pasaba por el Támesis. Por eso actualmente, cuando un barco de la Armada Real atraca en el embarcadero, el capitán debe entregar al gobernador de la Torre un barril de ron... que seguramente tendrá el mismo alegre fin de cualquier barril de ron a lo largo de la historia. Aunque sea una historia tan pomposa, trágica y extensa como la que alberga la Torre de Londres, secular centinela de las orillas del Támesis.

DATOS UTILES

La Torre de Londres abre de martes a sábados de 9 a 17.30, y los domingos y lunes de 10 a 17.30 (última admisión a las 17).

Estación de metro (“tube”): Tower Hill.

Entrada: 17 libras; niños 14,5 libras.

En Internet: www.hrp.org.uk

Tapa turismo

viernes, 27 de marzo de 2009

Colonia Menonita en Guatraché

turismo

DOMINGO, 22 DE MARZO DE 2009

LA PAMPA > VISITA A LA COLONIA MENONITA

Allá lejos y hace tiempo

Cerca de Guatraché, en el este de la provincia de La Pampa, se estableció hace más de 20 años una colonia menonita. Abiertos a las visitas, pero aferrados a sus tradiciones, los menonitas permiten asomarse a un mundo de otros tiempos.

 Por Graciela Cutuli

Para llegar a Guatraché hay que viajar, y bastante. Casi 700 kilómetros separan la ciudad de Buenos Aires, atravesando de punta a punta el territorio bonaerense. Sin embargo, no alcanza para llegar hasta la colonia menonita: aún faltan 40 kilómetros, por rutas provinciales no asfaltadas, desde Guatraché. Un tramo que kilómetro a kilómetro no sólo aleja en el espacio sino también en el tiempo: la visita a la colonia menonita permite asomarse, como quien mira a través de una ventana abierta en los siglos del calendario, a un retazo de vida en otros tiempos. Y sin embargo, también hay algunas señales de modernidad, tímidas, todavía poco visibles. Hay que saber verlas, como hay que saber tratar a estos pobladores extremadamente reservados y desconfiados, establecidos desde 1986 en unas 10.000 hectáreas de campo que compraron a la ex Estancia Remecó. Los primeros en llegar fueron los hombres y las maquinarias, para realizar el loteo interno de la tierra. Poco después fueron llegando sus familias. Sus expectativas están claras en el nombre de la colonia, bautizada Nueva Esperanza.

NUEVO MUNDO, VIEJO MUNDO Claudia Eberle es guía y está autorizada para ingresar en la colonia con turistas. Hacerlo de otro modo, sin excursión ni guía, no es tan fácil: primero, porque puede ir contra los deseos de los propios habitantes, que se encargarán de hacer saber a los visitantes si no son bienvenidos. Segundo, porque no es tan sencillo orientarse en este mundo de granjas bastante uniformes y alejadas entre sí, donde todas las construcciones se parecen y todos se mueven sólo en buggy o a caballo. Tercero, porque la compañía de Claudia le pone simpatía y vivacidad a este mundo pero también enseña a mirarlo con respeto: “La incomodidad la producimos nosotros, cuando se los ve o trata como si fueran extraterrestres. Correrlos con una cámara fotográfica, sacar la foto a la persona que pasa en su buggy o dentro de un almacén cuando realiza su compra diaria y no se ha pedido ningún tipo de permiso... ¿acaso a nosotros nos gustaría?”, pregunta, y no hace falta esperar respuesta. Oriunda de Guatraché y ataviada en este verano caluroso con una libertad que no conocen las jóvenes menonitas, Claudia cuenta que comenzó su investigación sobre la colonia en 1995, luego de adquirir un permiso, para empezar a llevar turistas-excursionistas un año después. Hasta entonces, mientras armaba diferentes circuitos en la localidad, “sabía que había un grupo religioso desde hacía tiempo, y además a sólo siete kilómetros de una de las estancias que trabaja en turismo rural, era imposible descartarlo. Más aún cuando se los ve caminando por las calles de Guatraché, lo primero que nos preguntamos es quiénes son, dónde viven, qué hacen”.

Lo mismo que se preguntaban los habitantes es lo que se preguntan los turistas que llegan hasta esta localidad pampeana conocida por su laguna de aguas altamente mineralizadas y sus estancias: es que los menonitas también pueden verse fuera de la colonia, en la ciudad, tal vez comiendo en algún restaurante o realizando alguna compra que los lleva fuera de los límites de Nueva Esperanza. Pero tanto adentro como afuera, las reglas son las mismas: las mujeres llevan las cabezas cubiertas con sombreros idénticos (además de un pañuelo blanco si están solteras o negros si están casadas), las vestimentas son recatadas y a la antigua, con el inexorable mameluco que unifica a todos los hombres de la colonia. Hay cambios sin embargo: las mujeres ya no caminan detrás de los hombres; y muchas atienden sus propios negocios o viajan solas a Guatraché. Pero sin televisión, teléfono ni Internet, los menonitas parecen vivir en una suerte de mundo paralelo, rodeados de un paisaje solitario donde imperan la llanura, las vacas, algo de monte pampeano y en tiempos de sequía un polvo que removieron este último verano los veloces autos del rally Dakar.

“COMO DE OTRO MUNDO” “Ante sus ojos me parecía que yo venía de otro mundo.” Lo dice Ginette, una turista francesa que recorrió buena parte de la Patagonia este verano, junto con Hélène, una compatriota a cargo del volante durante miles de kilómetros, y Mabel, el “pie local” del grupo de viajeras que recorrieron la colonia en compañía de Claudia. Sin embargo, no les resultó difícil entablar algo de contacto, conseguir permiso para tomar fotos de los hombres y de los chicos y conocer algo de su vida diaria y su trabajo. Aunque María, una de las mujeres, antes de despedirse pide ver las fotos en el visor de la cámara: tal vez para asegurarse de que se respetó su deseo de no ser retratada, tal vez por simple curiosidad hacia el raro aparato.

La vida menonita, qué duda cabe, es bastante dura, sobre todo para quien viene de ese “otro mundo” con las comodidades modernas: “Llevan una vida religiosa y culturalmente conservadora”, resume Claudia Eberle, que también viene de una familia tradicional alemana, y por eso dice no haberse sorprendido tanto en sus primeros contactos con la colonia. Se trabaja de lunes a sábados y el domingo es el día de reposo religioso y unión familiar. Sus únicos feriados son los religiosos: Reyes, Semana Santa, Pentecostés, Navidad, días en que se comportan igual que cualquier domingo, con feriado laboral, visita a la iglesia y luego reuniones familiares y de amigos. “Todo dentro de la colonia –precisa la guía–, todavía las fiestas y celebraciones son muy íntimas, quedan dentro de su sociedad y entorno. Además, los cultos se realizan en alemán puro.” Es que el alemán es el idioma de la comunidad y esta barrera idiomática funciona también como protección ante ese mundo moderno que inevitablemente hace alguna mella en su vida diaria. Por algo el castellano avanza: ya no lo hablan sólo los hombres, sino cada vez más mujeres y niños.

TIEMPOS DE HOY Los menonitas, explica Claudia, mientras Mabel, Hélène y Ginette coinciden con ella, van cambiando. “Y desde el año 2003-2004 lo hicieron muy rápidamente. Hay familias que van aceptando introducir modernidad, que poseen grupos electrógenos. Ello llevó no sólo a la modernización del hombre en sus talleres, sino que lo hicieron también las mujeres con el mismo derecho y rapidez. Hay grupos grandes y modernos de soldadura, aparejos, lavarropas, freezer. Y también las carpinterías y queserías, que cuentan con todos los controles y permisos del Senasa; trabajan allí técnicos en alimentos de nuestra sociedad. Pero más allá de eso tienen mezcla del pasado y el presente; se nota en la forma de trabajar, de construir sus casas, su vestimenta, de autoabastecerse con sus huertas.” Los menonitas son esencialmente agricultores que trabajan la tierra para ganarse el pan, como indica el mandato bíblico, además de encargarse de las pasturas para sus vacas lecheras: el tambo es otro de los trabajos tradicionales, bien arraigado en la tradición holandesa que está en la base de su religión. Pero también hay metalúrgicas, carpinterías, talleres, almacenes y queserías: durante una visita, que según el tamaño del grupo dura entre cuatro y cinco horas, se va parando en los diferentes lugares de producción, en la iglesia y en una casa de familia.

Según el último censo, de 2001, la colonia tiene 1278 habitantes, repartidos sobre 10.000 hectáreas divididas en lo que ellos llaman “campo”. Estos campos están numerados del 1 al 9, y a su vez cada uno está dividido en parcelas desiguales, en función del dinero que puso cada familia cuando se compraron los terrenos de la estancia. Gran parte de la vida de una persona, desde su nacimiento –tradicionalmente a cargo de la comadrona local, aunque cada vez más asisten al hospital de Guatraché y se hacen todos los controles médicos habituales– hasta su muerte, transcurre en ese cuadrado. Aunque no se puede entrar en la iglesia, Claudia puede indicar a través de una ventana los lugares por donde hombres y mujeres deben entrar, sentarse y sobre todo no mezclarse en el interior.

En 1985, en cada campo vivían alrededor de veinte familias; hoy después del censo se calcula que hay entre 25 y 32 en cada uno. “Son todos muy parecidos, todos con los ojos azules, tal vez la única diferencia en tanta uniformidad es el tono del azul”, apunta Ginette en un cuaderno de viajes que la acompañará de regreso a su país, al que se lleva también un par de cuadernos con dibujos sencillos, con el que los chicos menonitas aprenden a escribir en la escuela. Y no puede evitar la comparación con sus propios nietos: “Aquí nada de Dragon Ball”... lo que es tan cotidiano en las grandes ciudades, en Nueva Esperanza es digno de otro planeta. Sin embargo el contacto con los turistas es bien directo: y no sólo los viajeros son curiosos; también los menonitas hacen preguntas y se interesan por sus visitantes. Los hombres sobre todo, ya que las mujeres se muestran más reservadas y más reacias a mostrarse o conversar. En la quesería, se asombran con Hélène, que no soltó el volante durante varios días, y no dudan en charlar con Mabel y con Ginette, mostrándoles con soltura y orgullo sus producciones, desde los muebles –en particular las sillas– hasta los quesos, por cierto tentadores, que elaboran siguiendo técnicas artesanales. “Se producen charlas y una linda interrelación. Los que se han abierto tienen una gran concientización turística, aunque otros, por ser muy conservadores, no lo aprueban”, apunta Claudia. Lo cierto es que a los visitantes les llama la atención la austeridad de las familias y las casas: “Un menonita –explica Claudia– sólo debe consumir lo que necesita y sólo debe producir en función de sus necesidades”. Por eso aquí no hay nada superfluo: lo que hay debe ser útil y debe durar durante generaciones. Como si nada estuviera destinado a cambiar, en este paisaje casi inmóvil que parece salido de un cuadro de otro tiempo.

UN LARGO VIAJE

Los menonitas son anabaptistas, una variante surgida después de la reforma luterana y basada en los principios difundidos por el holandés Menno Simons. Los seguidores de estas creencias proclaman la obediencia a Cristo, la vida austera, la honradez y el valor del trabajo. Su dialecto es una mezcla de holandés y alemán, transmitido de generación en generación. En las casas, los padres enseñan el castellano a sus hijos, mientras en la escuela –a la que se asiste hasta los 12 años– se aprende el alemán antiguo puro.

DATOS UTILES

Visitas guiadas: Claudia Bibiana Eberle, tel. (02923) 15-691239. E-mail: eberle_claudia@hotmail.com

El clima de la zona es continental moderado, con gran amplitud térmica. El verano y el invierno son muy acentuados (6 grados bajo cero, cuando se producen las cadenas de heladas, y 36-40 en pleno verano): por eso el mejor momento para conocer Guatraché y la colonia es en otoño y primavera (aunque el otoño es mejor porque los días son más parejos y uniformes). En verano se puede disfrutar de la laguna con agua altamente mineralizada.                   

Más datos en www.guatrache.gov.ar. Tel. (02924) 492-791.